jueves, 21 de julio de 2011

El arte de soñar en voz alta

Muchos de nosotros hemos elevado con frecuencia los ojos al cielo mientras nuestra mente evocaba un sueño al dictado de nuestro corazón. Esperanzas profesionales y deseos materiales no colman apenas las aspiraciones psicológicas del humano corriente, no digamos las espirituales. Vivimos inmersos en la supervivencia tecnológica y en el hábitat urbano, apresurados por llegar en hora y por cumplir ante los profes o los jefes... ¡No hay tiempo para soñar!
Echarse a la sombra de un árbol y dejar escapar suspiros al viento parece oficio de melancólicos, y, sin embargo... los sueños son el alimento del alma, son la ambrosía que apacigua miedos y frustraciones, preocupaciones y decepciones. Necesitamos soñar, a solas y en voz alta, tener un amigo verdadero con quien conversar sin reloj en la muñeca y sin intereses futuros. Sólo el placer de estar juntos, de creer en la vida, en el ser humano, en un Ideal. Soñar en voz alta con otro espécimen viviente, que anda atrapado como nosotros y busca ascender al país estelar del que fue secuestrado... ¡quién sabe cuándo!, ¡quién sabe por qué!


Pocos se atreven con estas insensateces: hacer eso requiere algo muy, muy peligroso... hay que desnudar el ser interior. Hay que desatar la armadura, descansar la espada, quedarse desvalido, como Marte ante Venus, y arriesgar ese frágil y delicado regalo de la Divinidad que aún conservamos: nuestro propio corazón. Es muy probable que tales escépticos tengan buenos motivos para negarse a correr el riesgo, no han probado las mieles de la amistad, la verdadera, la que enardece el corazón. Un amigo sincero y capaz de entregarte lo más íntimo es un fenómeno poco frecuente, exige al menos dos valientes. Sin embargo, aquellos que dan el paso al abismo descubren lo bonito que es caer hacia el mar de la mano de otro, romper las olas al estrellarse y saborear esa sal antigua y preñada de suerte. 
Cuando se encuentra un amigo así, uno nunca se siente solo, porque puede convertir en palabras sus sueños más nobles, más dulces, más bellos, más imposibles. Desliza sus sentimientos al viento, y de allí se trasladan a la imaginación encendida del oyente expectante, que adorna, con luces del alba, anhelos, esperanzas, proyectos. Por arte de magia lo que era poco más que una idea en nosotros se torna estandarte y se clava en la cumbre. Y ese amigo que escucha y que ama nos invita a escalarla con andar comedido, pero ardiendo de afán entusiasta. 
Dejémonos guiar por Venus, señora de la Belleza y de las bondades de la vida, que tuvo la genial ocurrencia de vendar los ojos de su hijo Eros, a fin de que cuando amemos nos lancemos a ciegas, con la única guía de ese instinto espiritual que nos hermana alma con alma, corazón con corazón,

N.S.